viernes, 2 de enero de 2015

hola tú, 2015.

Igual estoy cansada de pensar que voy siempre fuera de norma. Vivo diciendo que las cosas me afectan más de la cuenta, me conformo de cierto modo con que los demás manejan mis proporciones mejor que yo.
De forma cíclica concluyo que me gusta descifrar el desencadenante de la motivación ajena, de los gestos que atesoro y de las discordancias dolorosas. Me gusta espiar detrás del escenario, vislumbrar las versiones borrosas, acariciar las versiones desprotegidas.
La mayor parte del tiempo prefiero guardar el origen de lo que siento para evitar oír las mismas cosas una y otra vez. Tiendo a tomarlo a la defensiva, aunque sea una verdadera ridiculez el defender el estado propio cuando es deplorable. Me ataca mi propia letanía apocalíptica, aunque afortunadamente lo hace luego de que mi lado más juvenil y esperanzador se dispone a repartir oportunidades propias y con destinatario vacante. Juro que no lo hago a propósito, mis esperanzas son genuinas aunque recatadas al principio, pero nunca las libero con intención de reutilizar el camino tormentoso ya pasado.
Sé que es inútil intentar siempre ir un paso adelante, o pretendo saberlo para evitar seguir oyéndolo dentro y fuera de mi cabeza. Mientras espero una respuesta, ya imagino al menos tres que podrían dejarme con el corazón roto y con la moral bajo tierra, al tiempo que evito poner atención a las escaleras que construyo para alcanzar la ventana, en caso de que justo en el momento en que la alcance, la luz ya se haya esfumado.
A veces me amarro cadenas a los pies porque decido no dar rienda suelta a la esperanza, aunque cuando acierto, el único reconocimiento que me entrego por haber sido tan precavida es una tarjeta de felicitación que firmo a ciegas sin intención de repartir.
Hay veces como hoy, en que decido sentir y es cuando me obligo a admitir que si. Si pudiera volvería a repasar tus libros, oiría tu música, tu voz y enmarcaría la imagen de ti mordiendo tu labio.
Si pudiera te seguiría donde sea, y lo más importante, si pudiera volvería a hacer todo igual.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Disguise

Me gusta ese chaleco amarillo, debe ser la sensación de envolverme en una corteza física de mi talla, de mangas infinitas, de largo acogedor. Me envuelvo con ganas de llorar pero las lágrimas nunca llegan. Se me hinchan los ojos y pareciera que es sueño, pero es agobio, se me pasan las horas que parecieran minutos, pero es el tiempo en que debería estudiar.
Es tan contradictorio el entorno, esa burbuja a la que me ceñí por años sin comprenderla, con la esperanza de que en algún momento hiciera total sentido. Cómo dejar de culparme sin caer en un espiral de justificaciones; cómo no replicar los errores sin negar a la existencia la oportunidad de ser diferente.
Cómo mantener la fe si cuando la he mantenido me hiere. 
Cómo desenvolver la madeja de resentimiento y dolor para evitar que me ciegue el resto del camino; cómo dejar de evitar el camino difícil, aún conociéndolo, con el objetivo de vivir algo remotamente diferente y apabullantemente similar.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Not quite yet

Hago los pasos que nunca ensayé pero algo me dice que siempre los supe, desde un principio. Me corrigen, pero no me importa. Sigo, pero no quiero. Soy parte de un show sin sentido, un baile improvisado con trajes coloridos, en un idioma que ni nosotros entendemos.  Intentamos descifrar lo que dice a medida que la canción avanza, aparecen personajes nuevos de la nada con trajes cada vez más brillantes que deslumbran con la perfección de sus movimientos. El público está inmóvil, pendiente de su propio turno en el espectáculo hasta que de pronto todo se acaba, termina en un punto muerto que tomamos con seriedad. Pasamos frente a la galería ofreciendo las sobras, vendiéndolas a incautos que se han demorado en partir. No creo en el negocio y se nota. Que delicia sería si la mentira no estuvieran tan a la vista. Si no se leyeran las ganas de succionar hasta la última gota de escepticismo, para vanagloriarse cuando la razón se rinde y el cuerpo inerte se desprende de lo que tiene, entrega y pierde.
Es esto un trozo del gran espectáculo de la vida. Un concurso de talentos, una guerra contra la lentitud. Que si tan larga crees que es la vida que no la quieres alcanzar o si tan corta procuras que sea que avanzas rápido dejando todo atrás. Pesa el tiempo que dejas pasar tanto como el tiempo que ya pasó. Pesa el engaño que trae paz tanto como la verdad que causa disturbios. 
La podredumbre que intentaba erradicar aflora sin permiso, como una enredadera presta a cubrir la salida. La prisión interna ya no es sólo interna, es una cárcel de vidrio, una vitrina que el espectador que ose a mirar al lado nunca podrá descifrar del todo. El brillo a veces encandila, la oscuridad es tan uniforme que hace que todo quien la presencie pierda interés. Es un espectáculo que vale la pena, lleno de matices invisibles para quienes siempre tienen la razón, únicamente visibles para quien luego de admitirse grisáceo, descubre la empatía y la bruma de infinitas densidades que cubre todas las estructuras, la misma bruma inverosímil que agobia y se transparenta a ritmos incalculables e imposibles de seguir.