viernes, 6 de junio de 2014

Trial.

No me veo de aquí a mañana, ni ningún mañana en cualquier medida de tiempo imaginable. No soy y no sueño y así mismo es como no vivo, ni tampoco anhelo, aunque sí, pero eso es mío y sé que no depende de mí. 
Nada depende de mi. 
La fe en el estudio la perdí hace un año. El esfuerzo, la capacidad y la suerte. 
La suerte, esa que no creía plausible, la que me negaba que tuviera alguna influencia... hasta que vino quién me enseñó a creerla. No lo culpo, ni lo venero. Tal vez disminuyó el grosor del velo que ciega, pero el resto fue mi trabajo. 
Hoy necesito suerte. 

jueves, 1 de mayo de 2014

Quand le temps va et vient

Interpretar los signos, reales o imaginarios, en orden de encontrar la propia misión o el propio lugar es una búsqueda igual de ambigua que la que impulsa cualquier salto de fe; comparable a convicción real y a la confianza ciega.
La convicción siempre me ha creado curiosidad. En ocasiones me descubro mirando con exuberante ternura a quien lleva la esperanza plasmada en el semblante. Me distraigo imaginando el arduo trabajo que probablemente implicó conseguirlo. Nadie está exento de malas experiencias, de derrumbantes experiencias que lograrían que el más optimista quedara de pronto en el suelo deseando ser uno con la desolación. Pero no lo hace.
Es quizás eso mismo lo que me ha llevado históricamente a despreciar mis propias experiencias. Soy mi propio radar de futilidades, mi jueza más rigurosa, siempre distinguiendo qué podría haber sido peor y qué debí haber hecho mejor. Evoco recuerdos que no sé si existieron con el fin de rememorar qué se siente ser resplandeciente. Acaso me sentí plena por más de un instante, acaso vi un futuro distinto a los resquebrajados en que ahora camino.
Admirar tan profundamente lo que proyecta el resto de las personas me ha enriquecido pero a la vez me convierte en un fantasma; un ser invisible, triste y terrenal, sin pasado, que vibra con las emociones ajenas pero que es incapaz de valorar las propias; un ser que consciente de su desidia, no anhela ninguno de los futuros que logra vislumbrar para un historial atiborrado de negligencia y desesperanza. 
A veces me acerco a personas que irradian todo lo bueno de lo que me privo, sabiendo que no valgo sus palabras, sus miradas, ni su esfuerzo por arrastrarme fuera de mi. A veces las recibo con la sola intención de sentir el calor, empaparme de él y usar la esperanza para imaginar futuros de los seres que sí lo valen, para los que sí luchan, para los que sí creen, poniendo a prueba secretamente mi capacidad de convicción. Tal vez algún día creeré en algo tan bello que desearé con todas mis fuerzas replicarlo. Tal vez imaginaré el final de un camino similar al mío, que luzca reparable y esclarecedor y me provoque el deseo ferviente de abrazarlo y apropiarlo. 
Pero no lo hago.
Hoy aún me defino como un cúmulo de desesperanza e inercia del que no he descubierto como salir. Del que no he querido salir. Mis posesiones continúan siendo igual de valiosas, pero nada es tan potente como para dejar de arrastrar los pies. 
Busco en mí misma con lentitud, sin destreza y llena de incertidumbre.
Busco con el terror que implica reconocer lo mucho que me desprecio y lo fácil que me es maltratarme. Busco mi motor a tientas, intentando no huir al dejarme saber lo mucho que me necesito, con el fin de no sabotearme y no volver a fallarme. Busco sin instinto, sin ayuda, sin tener idea qué es lo que realmente requiero para infundirme el deseo de buscar definitivamente la forma de salir de este estado cíclico y así luego probablemente adentrarme en uno más esperanzador, más propio y radiante. 

viernes, 25 de abril de 2014

Readme

No logro encontrar algo suficientemente estructurado con que pueda comparar mi mentalidad cuando era chica. Las normas las tenía por sobre todo. 
El temor a no decepcionar me confundía, aunque en esas épocas nunca me robó energía. 
En todas partes había reglas, en el colegio, en la iglesia, en scout, en el coro, en la casa... dudo que se haya podido decir de mi alguna vez que no sabía comportarme. En la casa era el único lugar donde los límites nunca fueron establecidos con claridad más que cuando con inocencia los rompía y mis papás me retaban por algo que no tenía forma de saber que estaba mal. 
En mi casa se lee, vemos series y películas pero somos malos para la tele. Cuando me miran raro amplío diciendo que mi mamá es profe de lenguaje, pero esa es una historia donde yo no veo la relación, pero a las personas las suele dejar conforme. Mi papá era el que nos leía cuentos antes de dormir. A veces nos ponemos un horario -que siempre se atrasa- y nos juntamos los cuatro a ver una serie que elegimos entre todos. Los domingos madrugamos sin reclamar si es para ir al cine que abra más temprano. Difícil que prendamos la tele si no es para conectar el computador o prender el bluray.
Cuando chica no leía tanto. A veces me contentaba con los libros que nos daban en el colegio y en vacaciones leía porque todos lo hacían en la casa, teníamos una sola tele y no había internet. Fue después, supongo, cercano a los tiempos de JK Rowling y Dan Brown, pero nunca me consideré abiertamente como buena lectoraLlamarse a si mismo un buen lector lo encuentro tan superfluo como declararse melómano. Nunca supe si el término era apropiable sólo para los que leen mucho según alguna medida universalmente desconocida o quien lee lo que hay que leer o quien ha leído muchos clásicos o quien se enamora -de forma genuina o no- de los clásicos o cualquier otro libro que no sea best seller y que además desprecia los best sellers por su número de venta. 
A veces ni siquiera mencionaba la lectura como pasatiempo por miedo a que me preguntaran qué leo y a escuchar sermones de por qué no debería leer eso. Es probable que más de alguien hubiese terminado convenciéndome para que me dejara de gustar alguno de mis libros favoritos; consecuencia del placer de cuestionar frente a un carácter tan débil como el mío.
En cuanto a cómo leer, antes ni siquiera se me pasaba por la cabeza dejar un libro a medias, saltarme páginas o no usar marcapáginas. Como si encontrarme con un libro que no me atrapara fuera pecado. Como si olvidar en qué parte iba o leer dos veces un párrafo equivaliera a salirse de la regla. Como si leer un libro de principio a fin fuera la única forma de leer. Como si algún día me fuese a enfrentar a alguien con poder para recriminarme la forma en que disfruto de la lectura. 
En el colegio nos enseñan la lectura como un suplicio. Lea estos libros en estos plazos, entiéndalo en lo posible igual que el profesor, analice a tal personaje, elucubre acerca de la intención del autor. 
Leer en verano era la rebelión a todo eso. Entendía como me diera la gana, me demoraba días, semanas o meses, odiaba a personajes sin motivo, me enamoraba de otros por cómo me los imaginaba y extraía sin regla la esencia.
Mi mamá era la recomendadora oficial, nos traía libros de la biblioteca de su colegio o a veces del bibliometro. Un día llegó con un libro para mi hermano en inglés. La versión en español aún no llegaba, pero igual me costó un buen tiempo animarme a leerlo. Aún me enorgullece haber tomado esa decisión a pesar de mi histórica inseguridad y falta de confianza. 
Mi colección de libros sigue siendo la más chica de la casa; mi mamá lee tantos libros simultáneos que ya me pierdo en sus recomendaciones y con mi hermano, el segundo a bordo en el barco de las recomendaciones, no siempre convergemos en cuanto a temática. 
Leer da tanta libertad como la que uno elige, aunque me costó varios años entenderlo así. 
Nunca he sido muy buena criticando gustos ajenos ni recomendando libros. Antes era por respeto, inseguridad o porque me intimidaba la opinión del resto. Ahora ya sin tanto miedo a las críticas, entiendo que hay demasiadas maneras de interpretar un mismo fragmento y nadie puede asegurar que todos sentirán el mismo deleite tras leer las mismas palabras al ser imposible anticipar el impacto de algo así. 
Me gusta la gente que lee, en parte por capricho y en parte porque la lectura siempre algo deja. Alguna palabra nueva, algún ejemplo o alguna idea errada que insta a no replicarla. Algo uno aprende y algo uno apropia también.
Larga vida a las historias que abstraen, que cautivan, entristecen, enamoran y que sobre todo perduran alcanzando a tantas personas distintas <3